Do senso comum e da vida cotidiana [José de Souza Martins]

Heller disse que só quem tem necessidades radicais pode querer e fazer a transformação da vida. Essas necessidades ganham sentido na falta de sentido da vida cotidiana. Só pode desejar o impossível aquele para quem a vida cotidiana se tornou insuportável, justamente porque essa vida já não pode ser manipulada.

É aí que o reencontro con as descobertas das orientações fenomenológicas ganha novo e diferente sentido. Pois é no instante dessas rupturas do cotidiano, nos instantes da inviabilidade da reprodução, que se instaura o momento da invenção, da ousadia, do atrevimento, da transgressão. E aí a desordem é outra, como é outra a criação. Já não se trata de remendar as fraturas do mundo da vida, para recriá-lo. Mas de dar voz ao silêncio, de dar vida à História.

RETORNO COLOR MATE

Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión. Extraña compasión, que se dirigía a quien fuera que fuese el escogido. Ya que competía al hombre sucumbir ante las propuestas, sin derecho a rechazarlas. La mirada escondida de su piel, en el entretanto, decía otra cosa: que quizá la fuente y el objeto de ese sentir raro, se refundían entre caminos, entradas y salidas, con paredes hechas de pieles ajenas y propias, y que no precisamente eran ellos los compadecidos, sino más bien su memoria de cuerpo, su memoria de tacto.

De ello se fue percatando cuando una mañana amaneció intacta pero invadida de nostalgia. Y la nostalgia dolía en la punta de su dedo anular derecho, en el punto más sensible de su cuello terso, y en sus labios, esos que arriba contenían el peso de las palabras calladas y que abajo soportaban el deseo no realizado. En momentos como este, sus latidos se tornaban mayúsculos, inconteniblemente fuertes y veloces, estridentes y mortales. El delirio de persecución se acentuaba. A punto de alcanzarle corrían: la punta de su dedo anular derecho, amenazante cual pistola cargada; su nuca perfumada con la esencia femenina refundida, y sus labios que gritaban por arriba y por abajo intentando maniatarle y amarrar su paso.

¿De quién y para quién la compasión de los sentidos ausentes? Los sentidos ausentes de su cuerpo – dedo, de su cuerpo – cuello y de su cuerpo – labio, se quedaron prendidos y perdidos en una piel húmeda y hueca, excitante al tacto y que no está más; perdidos en una nariz oliente y respirante, compañera íntima de aspiración agitada, que en su último hálito olvidó exhalarle para dejarle volar; prendidos y perdidos en otros labios que ya no dicen ni besan lo que ayer. Mejor seguir andando con los sentires amputados que aceptar el retorno del recuerdo, se dijo. Mejor simular que siento sin sentir, y que conservo un dedo listo, una nuca dispuesta y unos labios que se inundan de pasión si el que llega así lo quiere, aunque ignore que están vacíos de memoria. Mis sentidos ya no construyen recuerdo. Compadezco su ignorancia, que no se compadece de mi memoria perdida.

Unos cuantos, ya bastantes, pasaron de rutina por su piel desnuda, sin sentir, sin recordar. Hasta que el latir urgente de esa mañana, condujo su vida, la de cada día, por la ruta de una tarde definitiva. Fue simple: llevaba la lectura de una línea señalada con su yema, y su espalda se apoyaba en el espaldar de la misma silla del último piso de la biblioteca, justo detrás del hombre que jugaba ajedrez, mientras los rayos amarillos y rojizos del sol se rodaban por la falda del cerro oriental. Su oído comenzó a percibir, entonces, colores juntos y dispares de voces, que ya no leían las letras de su libro, sino que cantaban viejas letras de canciones que ahora sitiaban su alma sola y que pronto devinieron imagen. Imagen negra, bella, que era todo y nada, todo de ella y nada de sí. Se le sentó en frente y la miró fijo como lo hacía ella con su cuerpo asimétrico ante el espejo de su tocador. La revista aumentó el volumen de su canción mental, y al paso, un relieve extraño en su piel sobresalió. Trazos de recuerdos fueron apareciendo tatuados en sus dedos y el rojo de sus uñas sangró.

Tatuados sus amores y sangrantes sus deseos, todo esto puesto en fatal evidencia, le hizo correr para detenerse pronto en la misma silla. Y sus sueños recientes, los de la tercera, cuarta y quinta noches anteriores, volvieron a su conciencia alertando sobre un cajón y una cabeza en él guardada,  también sobre un amigo que nunca fue amigo, sin olvidar la patadita de un niño que empujaba procurando su caída y la sucesión de cientos de escalas en ascenso no concatenadas en medio de un bosque opaco.

Te he esperado, y sin embargo, deseé que no regresaras. Nada en mí puede ahora alimentarte. Vete.

Tus sueños me llaman y cuando toco, tu puerta cerrada me hace volver al aire de tu aliento inasible.

La piel me arranco todos los días cuando me baño, cuando me cubro de ropas diferentes. Pero me observas desnuda en todo caso.

Tu desnudez es mi vestido.

No me toques, que si me tocas, los siento a ellos, y mi adiós, sábelo, les despidió por siempre. Las ventanas de vidrio y las virtuales clausuré con esfuerzo. Sólo mi gata se asoma a veces y maúlla triste. No les traigas de vuelta, no les aproximes otra vez a mi latido.

¿Y qué logras?

Olvidarme de mí en ellos.

Tu olvido, a ellos más te aferra. Tú en cambio, podrías retornar conmigo a tu memoria de cuerpo propio.

Tatuados sus dedos y sus uñas sangrantes, palabras de imagen negra cruzadas con alma pálida y hueca, detuvieron su réplica. Por primera vez enfocó su vista sobre sus formas y empezó a comprender la composición que apenas asomaba. Sí, encontró besos marcados, ojos pintados y palabras inscritas, todos de color mate. Siempre estuvieron allí, nunca se fueron y color mate eran porque ya no demandaban brillo para reflejarse en otros ojos o en otras bocas.

Sonrió. El relieve de su piel era el retrato fluctuante de su retorno:

Lo veo. No desamo, sólo mi amor se vacía por un rato y se dibuja bonito en mi piel. No desarmo a mi amor, sólo él ya no ataca. No detiene su baile, sólo pasa al centro de la pista y disfruta su trance. Y vuelve tranquilo, porque parten ellos, con sus amores propios, y retorna él a mí, y en mate, para no atraer más los sueños malos.

Despertó entonces, y la hoja 47 de su libro era la única cosa que dolía, en su frente.